Cuando se nos va un ser amado

Nada ni nadie nos prepara para afrontar la pérdida de un ser querido. Cuando se nos va una ser amado, realmente es inimaginable. Y no hablo de cuán trágico, doloroso, pueda o no ser para nosotros. Es que realmente, no lo sabemos, hasta que lo vivimos.

Desde que nacemos, la vida es una expectativa. Luego de la felicidad del nacimiento del nuevo miembro familiar, se comienza la aventura. No sabemos qué le depara la vida. ¿A quien se parecerá? ¿Qué le gustará? ¿Será médico? ¿O maestro? ¿Le gustará la música, el deporte, el teatro? Todas estas preguntas y más, sólo serán respondidas con el tiempo. Y sin duda, el amor, el apoyo que le brindemos, ayudará a que sus decisiones sean las mejores para el/ella.

Lo único que realmente tenemos seguro, al nacer, es que algún día, moriremos.

¿Vivir pensando en la muerte?

Pero no queremos nunca pensar en eso. ¿Cómo podríamos vivir felices, pensando en la muerte? La sola palabra nos estremece de miedo, dolor. No nos imaginamos la vida sin nuestros seres amados. Ni queremos imaginarla, esa es la verdad.

Por supuesto, no es la idea vivir la vida, pensando en cuándo moriremos. Pero, en el mejor sentido, tenerlo en cuenta debería ayudarnos a un mejor vivir. Hablo de aprovechar bien las oportunidades que se nos presentan, dándoles su justo valor. Disfrutar del amor de nuestra familia, nuestros amigos, mientras nos preparamos para la vida. Eso debería ser primordial.

Cuando el duelo te toca 

Hace poco más de un mes, pasé por el dolor de perder a mi papá. ¡Mi bello y amado papá! Sí, estaba mayorcito, 79 años, pero bastante sano para su edad. Habiendo superado un terrible ACV (Accidente Cerebro Vascular) hace 24 años, realmente tenía calidad de vida. Caminaba diariamente, se alimentaba todo lo sano que la actual situación venezolana lo permite. Era un paciente excelente, siempre pendiente de su chequeo médico, de tomar sus medicinas, mientras las tuviera. Y un espíritu lleno de amor, de fé, que aún tenía alegría de vivir.

Nada de eso impidió que le repitiera el ACV, ésta vez en diferentes condiciones. Más agresivo, con derrame de sangre masivo, según nos dijeron los médicos que lo atendieron. Llegó a la clínica con actividad cardíaca aún, pero con protocolo de muerte cerebral. Poco se podía hacer ya por él. Un día y medio después, partió definitivamente.

Ese hueco en el corazón.

Dicen que el dolor es diferente, según sea la afinidad con la persona que muere. Las personas que han pasado por la pérdida de un hijo, dicen que no hay dolor más grande. Suena lógico. Es inaudito y cruel tener que despedir definitivamente a un hijo. Los hijos son el centro de nuestro amor, la oportunidad que nos da Dios de conocer el amor incondicional. De sentirlo en carne propia. Daríamos la vida misma por salvar la de nuestros hijos, y verlos felices.

Pero, ¿qué hay de quienes nos recibieron en este mundo? ¿ Padres, hermanos mayores, abuelos, tíos? Hemos crecido con ellos presentes en nuestras vidas, cuando así ha sido. Desde que tenemos conciencia, han estado ahí, para amarnos, regañarnos, protegernos, aplaudirnos. ¿Qué hacer cuando alguno de ellos ya no esté más?

Yo tuve una relación hermosísima y cercana con mis abuelos maternos, ya que no conocí a los paternos. Era muy joven cuando murió mi abuelo y ya una mujer y madre, cuando le tocó a mi abuela. En ambos casos, el dolor fué fuerte.

Pero ahorita, con la partida de mi padre, sentí un vacío diferente. Supongo que esa es la sensación de orfandad. Fué una porción de corazón que siempre estuvo lleno, en el caso de quienes somos muy cercanos a nuestros padres. Siempre lo dimos por hecho. Ahí está, a mi disposición, es mi papá, es mi mamá, siempre estará para mí.

Pero no es cierto, ya mi papá no está, al menos físicamente. Y lo extraño, mucho. Extraño pedirle la bendición, un abrazo, un beso. Extraño sus historias, escucharlo cantar tangos. Veo como una película que pasa por mi mente cuando era niña. Mi primer concierto, las salidas y fiestas familiares, más conciertos. Cuando me casé, cuando tuve a mis hijos. Durante toda mi vida, en buenos y malos momentos, estuvo presente mi papá. Y ahora, siento que debo escribir una nueva historia de vida, sin él. Eso duele.

Cómo seguimos adelante

La manera de afrontar un duelo va a depender de cada persona. De la edad, de su creencia, de la dinámica que mantenía con la persona que partió. De las tradiciones familiares al respecto.

Soy católica, creyente. En mi caso, la oración ha sido muy importante para aliviar mi dolor. Creo que después de esta vida, hay algo mejor. Esa es la promesa de Jesucristo para quienes creen en El. Yo creo. Orar, hablarle a Dios, como se le habla al amigo más amado, ha sido de mucho consuelo. Sin importar la religión que se profese, la oración es el mejor camino para curar el dolor de la pérdida.

Llorar es muy importante. Desahogar la pena nos libera mucho del dolor. Es natural llorar la ausencia de nuestro ser querido, mientras NO nos anclemos en el dolor. Hasta nuestro Señor Jesucristo, siendo hijo de Dios, lloró la muerte de su amigo, Lázaro. No por falta de fé, sino por el dolor de la separación momentánea. Porque eso es la muerte, una separación física momentánea. Por eso el llanto solo debe ser un medio de desahogo de la pena, mientras aprendemos a vivir con ese duelo.

En algunos casos, se necesita también la ayuda psicológica, a la cual estoy abierta en mi proceso de duelo. Hasta ahora no ha sido necesaria.

Y, sin duda, ayuda mucho cuánto le dije a mi papá que lo amaba. El haber compartido con él en familia, un buen tango, un poema, un partido de fútbol. Esos pequeños detalles han venido a ser de gran ayuda en estos momentos.

Siempre pueden quedar algunas cosas pendientes. Hubiese querido llevarlo a Argentina, país que siempre quiso conocer. Hubiese querido comprarle más cosas. No se pudo. Pero lo más importante fué decirle y hacerle sentir mi amor por él. Tuve chance de agradecerle todo lo que hizo por mí, por mis hijos, por mis hermanos, por mi mamá.

Busca tiempo de calidad para compartir

En el mes de junio tuve la oportunidad de compartir casi todo el mes con él. Mi madre tuvo que ser operada de cataratas, y me trasladé a Barquisimeto para atenderla. Eso me sirvió para atender también a mi papá, de otra manera, ya que él no estaba enfermo. Tenerle su desayuno listo cuando se levantaba, comprarle galletitas o pastel para su merienda con café. Ver juntos los juegos del Mundial de Fútbol, o alguna buena película. El día que me regresaba a Caracas, me abrazó y me dijo:” Gracias por haber estado este tiempo aquí, y por haber atendido a tu mamá”. Recordar esos momentos, lejos de entristecerme, me reconforta. Y le agradezco a Dios enormemente esa oportunidad que me dispensó, a manera de despedida.

Toca ahora tratar de seguir adelante, tal vez con algunos cambios de rumbo, o de planes. Pero lo más importante, seguir adelante. Eso fué lo que hizo mi papá cada vez que el dolor tocó a su puerta. Y eso es lo que nos toca hacer a quienes lo amamos. Sacar lo mejor de nosotros es el mejor homenaje a su memoria. Así lo habría querido. Seguro, así lo celebrará también.

 

“…Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, 

sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. 

El hilo no se ha cortado.

¿Porqué estaría yo fuera de vuestra mente?

¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero. No estoy lejos, solo al lado del camino

¿Véis? Todo está bien…”

La muerte no es el final.
San Agustín de Hipona.

 

 

 

 

 

 

4 comentarios sobre “Cuando se nos va un ser amado

  • el 24 agosto, 2018 a las 1:59 AM
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    Mi querida Vilma, es absolutamente conmovedor este relato. Y tienes razón. Pese a que es un proceso “natural” de la vida que nuestros mayorcitos se vayan, a menos que transiten por una enfermedad gravísima (en la cual nos consolamos diciendo, descansó al fin) no nos preparamos para ello. Y más si son padres orgullosos (que estoy segura es tu caso) de nuestra trayectoria y reflejo del buen trabajo que hicieron. Estoy segura que dónde quiera que esté, continúa feliz por ti. Te abrazo

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    • el 4 septiembre, 2018 a las 8:50 PM
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      ¡Gracias Sheila! Así fué. Todos, tanto hijos como nietos, fuimos apegados a mi papá. Por eso ha sido muy difícil el proceso. Mi consuelo es todo lo que disfrutamos juntos, y saber que tuve un padre excepcional. Por ello doy gracias a Dios.

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  • el 23 agosto, 2018 a las 9:55 PM
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    ¡Hola Vilma!

    Estoy bastante conmovida con el post, tu forma de escribirlo me hizo sentir al menos un pedacito de todas esas alegrías y tristezas que viviste con tu padre y no puedo más que admirar tu forma de afrontar esto que estás viviendo.

    Muchas gracias por compartirlo.

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